La alegría del panteón se perdió; pandemia echó abajo el festejo

*En el histórico Panteón de Dolores ya fueron desterrados del camposanto los músicos, los vendedores de flores, de botanas y hasta aquellos que ponen bonitas las tumbas.

*Como hace casi 50 días, hoy, Día de las Madres, ningún hijo podrá visitar a su mamá.

 

 

En estas épocas de coronavirus hasta en el Panteón de Dolores se ha perdido la alegría de visitar y enterrar a los muertos.

 

Los músicos con sus guitarras, acordeones, requintos y sus engoladas voces que acostumbraban caminar casi a hurtadillas entre las tumbas, detrás de los “muertitos” para ofrecerle a sus deudos alguna canción que le hubiese gustado al difunto, fueron desterrados del camposanto.

 

Esos artistas anónimos, los que aligeran la pena de los que se quedan y encaminan al más allá con algunos acordes a los que ya no están, no son los únicos que fueron echados del viejo panteón fundado en 1875, cuando casi no había a quién enterrar en la Ciudad de México.

 

Junto con los músicos, también se les prohibió entrar a trabajar al panteón más grande de la capital del país -tiene una superficie de 243 hectáreas-, a las personas que hacen que las tumbas no se vean tan sombrías que dan miedo, y en cambio luzcan alegres con algunas flores frescas, que estén limpias y que lo hacen a petición de familiares de los difuntos, que iban a contarle a sus seres queridos cómo andan las cosas por acá, fundamentalmente el Día de la Madre, como hoy, el Día del Padre, el Día de Muertos y los fines de semana.

 

También echaron a los vendedores de papas fritas, cacahuates, pepitas, chicles, caramelos, chocolates y refrescos, que, con una canasta a cuestas o montados en triciclos amarillos, serpentean desde las ocho de la mañana y hasta las seis de la tarde las calles del panteón ofreciendo sus productos para que, en la visita a los muertos, los vivos tengan un tentempié.

 

De forma simultánea trabajan en el Panteón de Dolores seis músicos: José Alfredo Jiménez –igual que el guanajuatense, nada más que éste es de Ecatepec–, Rubén Rouses, Salvador Chávez, Mauricio, Juanito y don Beto, que lleva cantando entre las tumbas más de 26 años.

 

Hay decenas de personas, con estatus de trabajadores auxiliares no asalariados, que se dedican al mantenimiento de las tumbas; los que venden las flores para los sepulcros y también unos 25 vendedores de botanas, que desde hace unos 50 días, incluyendo este 10 de mayo, Día de las Madres, no han  podido trabajar, ni podrán hacerlo durante un buen rato debido a la pandemia que azota al país y al mundo.

 

Las autoridades del panteón les avisaron que no podían trabajar hasta nuevo aviso, debido a la contingencia por el coronavirus. En las puertas del camposanto cuelgan unas lonas donde se invita a usuarios y visitantes del panteón a seguir las indicaciones de las autoridades, debido a la emergencia.

Arturo Munguía Rojas es la tercera generación de una familia de “panteoneros” en el Panteón de Dolores. “Llevó más de 40 años en el panteón. Desde chamaco ando aquí, aquí nací, aquí crecí. Aquí trabajó mi papá y mis abuelos, toda la familia somos panteoneros”.

 

Ahora y desde hace 50 días, Munguía se la pasa en su casa. Durante la contingencia ha podido entrar al panteón dos veces a arreglar en un ratito un par de tumbas de sus clientes; les toma fotos, las mandó como prueba de que hizo su trabajo y le depositan unos 200, 300 “pesitos para irla pasando”.

 

Además de poner a punto las tumbas de sus clientes, Munguía hace lapidas, gavetas y bóvedas. También vende refrescos y frituras, pero en este momento, como sus compañeros, “no tengo permiso de vender”. Tampoco tiene fecha para volver a trabajar de fijo con la rimbombancia de trabajador auxiliar no asalariado.

 

Dice que los días naturales para ganar buen dinero son el Día de las Madres, del Padre y el de Muertos; además de “cuando viene algún cortejo que trae bastante gente es donde ganamos algo”.

 

Alejandro Ramírez es otro veterano en las ventas en el Panteón de Dolores, lleva 20 años. Él carga una canasta con cacahuates y pepitas.

 

Como tampoco puede entrar al panteón, optó por salir a la calle. “Casi no hay gente, nomás para sacar para la comida”.

 

Ramírez compra sus semillas en La Merced, en los pocos establecimientos que llegan a abrir, porque la mayoría, dijo, están cerrados. “Está muy cabrón, no hay venta, es lo que vivimos los que no tenemos sueldo”.

 

Salvador Chávez es uno de los seis músicos de planta del Panteón Dolores. Como respuesta al saludo previo, va al grano: “Aquí con hambre, ya no tenemos ni para comer”.

 

El músico contó que a él le dijeron los policías del panteón que ya no podía trabajar porque es mayor de 70 años. “Eso fue lo que me dijo el policía, eso me lo dijo hace más de 50 días, más o menos”.

 

Chávez es de los que ya hizo huesos viejos cantando en el camposanto, lleva 20 años y se siente orgulloso de ser tan veterano como don Beto, “un viejito que ya tiene como 80 años  y lleva como 26, 27 años cantando en el panteón”.

 

Aunque su fuerte es el acordeón de teclas, en los últimos tiempos tocaba la guitarra con José Alfredo Jiménez, quien lleva el acordeón.

 

Chávez se quejó de no recibir ayuda del gobierno, por su edad, no obstante que, dijo, desde los primeros días de febrero vinieron a mi casa a levantar el censo, supuestamente para la ayuda a la tercera edad. Me dijeron ‘en 10 o 15 días le hablamos’, pero ya estamos a mayo y para nada me han llamado.

 

Salvador Chávez recuerda que el último día que estuvo en el panteón trabajando con sus colegas tocó la guitarra en muy pocos servicios, que prácticamente no sacaron nada de dinero.

 

Y ahora tengo que ir al cerro (en Ecatepec) a traer nopales y leña, para cocinar nopales con huevo, así me la llevo, si no, no tuviera nada para comer. Para los del gobierno es muy fácil decir ‘estate en casa’, y yo ¿qué voy a comer? Dijeran te vamos a ayudar, cuando menos con la ayuda de la tercera edad, pero nada”.

 

Chávez comentó que entre el repertorio de canciones que regularmente piden para las mamás muertas, y que este 10 de mayo no podrán cantar, están Señora señoraAmor eternoCruz de olvidoTe vas ángel mío Despedida con mariachi.

 

Rubén Rouses toca el requinto. Está harto y poco quiere hablar desde su tierra en Zacualpan, Estado de México, donde ha estado, como dice, echando unas matitas de maíz “para matar el tiempo”, porque no ha trabajado en el panteón, donde lo ha hecho en los últimos tres años y no sabe hasta cuándo va a durar la restricción oficial para volver a trabajar.

 

José Alfredo Jiménez, homónimo del guanajuatense, solamente que éste es de San Pedro Xalostoc, Ecatepec, platicó cómo después que a él y sus colegas les impidieron trabajar, se metieron al panteón por un lugar secreto que conocen, “ahora sí que violando la ley, por  el hambre. Nos metíamos por otro lado que nosotros conocíamos del panteón. Nos pasábamos y nos escondíamos para que no nos vieran los de las motocicletas y entonces les llegábamos a la gente que llevaba a su muertito y pues no, no nos ocupaban. Llegaban a los que iban a cremar, con unas dos o tres personas nada más, porque tampoco ya los dejaban entrar y pues no, ya no pudimos trabajar”.

 

Días antes, recuerda Jiménez, “la gente de vigilancia le informó a los vendedores ambulantes, los que venden papas, refrescos, dulce, y todo eso, que a ellos no los iban a dejar vender por el problema ese. Dijimos: ‘a nosotros nos va a dejar porque nosotros no vendemos comida’. Pero ¿qué pasó? Que se tenía que usar mascarilla; pues, ¿cómo vamos a cantar así, cómo nos va escuchar la gente así? Además, la gente asustada, menos nos pedía música.

 

Andaban los de vigilancia, dijeron que ya no se podía; entonces ya en la siguiente semana iban a cerrar, que ya no iban a dejar entrar a las personas, que nada más los dolientes principales del muertito, que ya la gente no iba a poder entrar”.

 

Entonces, sigue Jiménez con su relato, “yo y mi compañero nos retiramos. Nos fuimos al centro a buscarle en los restaurantes. Empezamos a charolear en la Morelos; trabajamos el primer día y el segundo, pero al tercer día, que ya estaban las mesas levantadas y que ya los clientes no podían sentarse a comer, que solamente para llevar.

 

A nosotros no hubo necesidad de que nos corrieran, simplemente nos retiramos. Nos fuimos a la Del Valle, por Chilpancingo; no se pudo trabajar, todo cerrado”.

 

José Alfredo Jiménez, que lleva 15 años trabajando en el panteón de Dolores y tiene un repertorio de 400 canciones, dice que estas semanas la ha pasado muy duro, que su compañero se fue con su familia  a Zacualpan y que él se quedó aquí, a expensas de lo que pueda ganar su esposa que trabaja en una tortillería.

 

Mi señora tiene dos hijas y me dijo ‘ahí con lo poquito que vaya saliendo a ver si la hacemos’. Pues adelante, está muy duro; para nosotros no hay crédito ni nada de ayuda.

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