De monstruos y prodigios: 150 años de Julio Ruelas

En este espléndido ensayo sobre la obra, la vida y la época del genial artista Julio Ruelas (Zacatecas 1870-París, 1907), queda nuevamente demostrado que el talento y el genio trascienden el tiempo por lo menos en dos sentidos: la vida del artista–vivió sólo treinta y siete años– y el de la historia: su obra, lúcida, terrible y poderosa, sigue vigente. Su trabajo en la ‘Revista Moderna’ (1903) mereció la atención de plumas tan certeras y miradas tan agudas como las de José Juan Tablada (‘Las sombras largas’), Ciro b. Ceballos (‘En Turania’), Rubén m. Campos (‘El Bar’), Amado Nervo y Miguel de Unamuno.

a Jánea Estrada Lazarín

 

Nadie en el medio artístico, ni en el medio literario, desconoce que Julio Ruelas fue el ilustrador por excelencia de la Revista Moderna. Dirigida por Jesús e. Valenzuela, la notable revista tuvo una vida de trece años (1898-1911). Desde 1903 se llamó Revista Moderna de México. El primer número lo echó a andar en 1898 Bernardo Couto Castillo, el gosse del grupo, el adolescente prodigio, quien, pese a venir de familia rica, no pudo seguir con ella. A partir del segundo número la tomó el poeta Jesús e. Valenzuela, que de no haber logrado posteriormente el mecenazgo del chihuahuense Jesús Luján, el impreso se hubiera ido por el canal de la calle. Un golpe de suerte. Representó ante todo el órgano de un grupo de poetas y escritores que en ella encontraron su vía de divulgación. En alguna dirección fue la vereda mexicana de la corriente simbolista y modernista, no excluyendo el decadentismo, y estuvo abierta a los escritores de España y Latinoamérica.

A partir de que toma la dirección Valenzuela, recuerda José Juan Tablada,1 el grupo fundador estuvo formado, además de Valenzuela y Tablada, por los poetas y escritores Alberto Leduc, cuentista de primera línea; el antedicho Bernardo Couto Castillo, quien murió jovencísimo en 1901 a causa de una pulmonía; el inteligente y culto colimense Balbino Dávalos; Ciro b. Ceballos, de sangrienta pluma; el amable Rubén m. Campos, y entre los artistas, el pintor Leandro Izaguirre y el escultor aguascalentense Jesús f. Contreras, del que todo mexicano ha visto su escultura Malgré tout, un desnudo de mujer pleno de sugerencias táctiles y con luces y sombras en el mármol esmeradamente calculadas. Más tarde José Juan Tablada (fueron amigos desde el colegio militar) llevaría a Julio Ruelas2 y se incorporaría también el tribuno Jesús Urueta. Sin pertenecer propiamente al cuerpo de la redacción, Amado Nervo estuvo muy próximo a ellos, pero ya en 1903, como Revista Moderna de México, sería parte integral del grupo.

Quienes escribieron sus recuerdos de su paso por la Revista Moderna, y en esos libros dedicaron páginas a Julio Ruelas, se contaron José Juan Tablada (Las sombras largas), Ciro b. Ceballos (En Turania), Rubén m. Campos (El Bar), el propio Amado Nervo, en 1903, en el número 6 de la Revista Moderna, y desde luego su director, el poeta Jesús e. Valenzuela (Mis RecuerdosManojo de rimas). Como casi todos los colaboradores de la revista, Julio Ruelas fue un bebedor de larga rienda, como si un anhelo de escritores y artistas latinoamericanos de la transición del siglo xix y xx hubiera sido morir de delirium tremens. “Bebía furiosamente”, dijo su amigo Ciro B. Ceballos,3 y no fumaba menos.

 

“…el más inspirado de América”

Físicamente, Ceballos describió a Ruelas de tez morena oscura, pequeños e irónicos ojos, cabellos lacios y ligero bigote levantado de las puntas. Vestía habitualmente de negro. Taciturno, tímido, hosco, “burlón como pocos […], alegre siempre, a pesar de su faz de ataúd”, a ese amigo, Ceballos lo quiso sinceramente como persona y lo admiró como artista y habló de él con denodada nobleza, todo lo contrario de sus juicios sobre Peza, Urbina, Leduc, Nervo y Tablada, sin contar a Justo Sierra, a quienes hizo añicos con una pica de demolición.

Tablada y Ceballos hablaron acerca de las influencias, afinidades y admiraciones de Ruelas. Acaso la mayor fue la pintura del suizo Arnold Böklin (1827-1901), en especial, me doy por creer, en la liga de imágenes de mujeres voluptuosas e imágenes de mitología en ambientes tétricos o de horror, salvo que el artista zacatecano hacía su gráfica en formato mínimo. En los dibujos escalofriantes de Ruelas había asimismo una variedad de monstruos de cualquier época e imágenes cristianas demonizadas. Las mayores devociones en el arte de Ruelas, según Tablada, fueron Goya y Durero. Más todavía Goya –subraya–, no sólo en su obra sino en la visión lúgubre y en la actitud rebelde ante la vida. No podemos olvidar al belga Félicien Rops, sobre todo en La domadora, y en alguna dirección las delicadezas bellamente lánguidas de las mujeres de los prerrafaelistas. Nadie con genio o talento escapa a su ambiente y a su época; en la obra de Ruelas quedó algo del simbolismo, algo del modernismo, algo del decadentismo, algo que anuncia el expresionismo.

Fue el mejor artista mexicano del puente de siglos xix y xx, como lo fue quizá de todo el siglo xix el inolvidable paisajista José María Velasco,del todo distinto a él. En su breve y lúcido artículo-semblanza de 1903, Amado Nervo habló de la “admiración sin reserva” que había por el zacatecano, “a la cual ha seguido la convicción unánime de que Ruelas es el primer dibujante de la República y probablemente el más inspirado de América”. No otra cosa redactó Jesús e. Valenzuela al recordar al amigo a principios del siglo xx: “Entre tanto, Ruelas seguía dibujando con amor en la revista y toda la América española lo aplaudía. Él le daba un sello especial al periódico y los dibujos de Ruelas eran muy celebrados”.5 No conozco antes ni posteriormente una sola crítica negativa a su gráfica.

Sin duda, la mayoría de las mejores piezas de Ruelas son donde alía el horror y lo fantástico y en las que animales, ofidios, aves rapaces, artrópodos o insectos depredadores son parte del cuerpo humano, o si se quiere, donde zoomorfa tanto al hombre como a la mujer. Por otro lado, están asimismo sus cuadros donde la mujer desnuda da voluptuosidad al mundo. No es gratuito que uno de sus repetidos personajes sea un fauno, el dios acosador de las ninfas en los bosques. Famosamente se cuenta que, ya próximo a morir, pidió que lo enterraran en el cementerio de Montparnasse,6 cerca de la acera para seguir oyendo, más allá de la vida, los pasos de las mujeres. Como han repetido los críticos, la mujer aparece en su obra como víctima o victimaria, no excluyendo a veces, en una u otra situación, el incisivo martirio.

 

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